Pam
Benito
Arcana
Entre cielos, mares y tierras 1
En el mundo de Tierras Bajas la violencia se extiende sin control.
El aumento de criminales y la constante presencia de piratas en los tres mares han convertido muchas islas en territorios de oscuridad, sobre todo aquellas que albergan orfanatos desconocidos para los reinos.
© 2021
© 2021
Pam Benito
Pam Benito, es autora debutante de 33 años y esta novela marca su primera incursión formal en la narrativa. La historia que presenta nació en su adolescencia, inspirada inicialmente por un fanfic de anime, y evolucionó con los años hasta convertirse en un universo propio. Hace nueve años, una experiencia onírica profunda —en la que flotaba en el cosmos y escuchó una voz que identificó como la de Jesús— la llevó a retomar y transformar por completo aquel proyecto inicial. Los personajes y escenarios de la obra también se nutren de figuras y lugares que se le presentaron en sueños durante su infancia hasta la etapa adulta. Esta novela es el resultado de un proceso creativo largo, íntimo y profundamente personal.
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Arcana
En el mundo de Tierras Bajas la violencia se extiende sin control. El aumento de criminales y la constante presencia de piratas en los tres mares han convertido muchas islas en territorios de oscuridad, sobre todo aquellas que albergan orfanatos desconocidos para los reinos.
Sin embargo, sobre el Mar de Astros, existe una verdad que pocos conocen. Más allá de las leyendas y los cuentos antiguos, se alza Tierra Alta: una isla colosal que flota entre las nubes. Allí habitan antorke’s, cuya honajor despierta con el tiempo, preparándolos para el día en que descienden a Tierras Bajas como foráneos, portadores de la sabiduría que el mundo ha olvidado.
Cuando antiguos poderes comienzan a despertar nuevamente, el frágil equilibrio entre el mundo de la luz y la oscuridad está a punto de quebrarse.
¿Qué se desatará cuando los nuevos despertares ya no puedan ser contenidos?
Arcana
Cazadora
Límites entre Tierra Venateci y Arfa
Ese día, el sol estaba en el cenit y los barrotes del muro fronterizo se habían alzado para permitir la entrada y salida tanto de extranjeros como de los propios residentes de la Tierra. La ruta turística parecía un enorme corredor, flanqueada por numerosas colinas de diversos tamaños. Si uno lograba escalar aquel conjunto, ya fuera por el norte o por el sur, podía divisar el Mar de Astros o el Mar Blanco; por ello, alcanzaba a escucharse el sonido de las olas rompiendo contra las rocas.
Sobre una de las colinas desérticas permanecía agazapada una joven delgada de uno setenta de estatura, aproximadamente. Llevaba unas gafas protectoras negras para evitar que el sol le molestara la visión, y un turbante color índigo le cubría la cabeza para que el ardiente calor no afectara su concentración. Desde lo alto, escudriñaba con unos binoculares a todo aquel que le resultara sospechoso. Esta vez, su misión era capturar a un hombre apodado el «Enganchador Falkor», buscado por la justicia de su tierra; ofrecían una recompensa lo suficientemente atractiva como para que los cazadores aceptaran el trabajo. Aunque no se le consideraba peligroso por no ser un asesino, era tan astuto con el manejo de los disfraces que nadie había sido capaz de atraparlo.
Arjana lo sabía bien. Por ello, se repetía una y otra vez que debía mantener la mirada fija en la ruta turística y observar detenidamente a cada persona.
El prófugo se había ganado el apodo demostrando su malicia para engañar a jovencitas de alta cuna, haciéndose pasar por noble. Las animaba a contraer matrimonio y, gracias a su labia, lograba convencer a los familiares de la novia para que pagaran una boda muy humilde. Su manipulación siempre triunfaba y nadie sospechaba, pues el oro de sus estafas previas bastaba para embaucarlos. A la primera oportunidad, huía con los obsequios de gran valor, abandonando a su suerte y en la vergüenza a las pobres damas.
Arjana había viajado de pueblo en pueblo recabando toda la información necesaria para su misión y, por fortuna, una mujer en una cantina había escuchado que Falkor había sido visto en Arfa. Ese hallazgo la llevó a permanecer tres días escondida en aquel lugar con la esperanza de desenmascararlo, a pesar de que el cansancio la tenía al borde del desplome. Cuando su inquebrantable determinación estaba a punto de flaquear, elevaba oraciones a lo alto, pidiendo fuerzas para soportar el despiadado clima del desierto y una astucia superior a la de su rival.
Deslizaba la mirada de extremo a extremo, inspeccionando velozmente a cada persona e intentando hallar alguna característica mencionada en los carteles. Falkor tenía un lunar rojo en la ceja izquierda y era zurdo. Su estatura no era la de un hombre promedio, pues medía uno sesenta y seis; por lo tanto, debía buscar a un hombre más bajo que ella. Sus facciones eran tan refinadas que incluso podría hacerse pasar por una bella mujer. Sin embargo, todo parecía inútil al no encontrar a nadie con aquellos rasgos, y sus esperanzas se desvanecían.
Respiró hondo sin bajar los binoculares.
Un grupo en particular captó su atención. Se trataba de siete hombres a caballo con un porte marcial que muy pocos distinguirían; a pesar de ir vestidos como civiles, no pasaron desapercibidos ante los ojos de la cazadora. Comenzó a sacar sus propias conclusiones, diciéndose que aquellos militares posiblemente andaban en una misión encubierta. Sin embargo, reconsideró la idea al observar que se dirigían a Tierra Arfa; tal vez no eran militares de Venateci, sino soldados de la tierra vecina, o quizás espías de lugares más lejanos. Volvió a analizarlo al ver que llevaban los rostros cubiertos, dejando expuesta solo la mirada. De ese modo, distinguió los ojos rasgados del hombre que iba en el centro.
«Los seis hombres» pensó; eran la guardia real de Len Ikuq. El séptimo, que iba en el centro, debía ser el mismísimo Alto Jefe de Venateci, quien posiblemente se dirigía a una audiencia con la reina Jalila de Tierra Arfa. Más aún en aquellos días, cuando el Torneo de Astros se aproximaba.
La impaciencia comenzó a surgir desde lo más profundo de su ser. Tomó una larga bocanada de aire y exhaló con calma. Repitió el proceso y se giró sobre la roca para quedar boca arriba, con la vista en el cielo, dejando a un lado sus binoculares.
Nuevamente, como en días anteriores, cerró los ojos sin moverse y colocó una mano sobre su pecho, cerca del corazón.
Volvió a inhalar y exhalar lentamente.
—Padre, tú que estás en lo alto y sea tu voluntad —dijo en calma y sin prisa—, si está en tus planes que yo halle a quien busco, déjame finalizar entonces esta misión.
Abrió los ojos y la impaciencia que estaba surgiendo comenzó a desvanecerse como si nunca se hubiese presentado. Más animada, retomó la postura de pecho a tierra con los binoculares apuntando hacia abajo. Centró su atención en unos turistas que parecían ser una pareja de nobles, y un repentino escalofrío recorrió su cuerpo, obligándola a mantener la mirada sobre ellos. Los nobles rara vez visitaban los desiertos; usualmente llegaba un representante a tratar con el Alto Jefe. Ver una pareja en esos tiempos era muy extraño, sobre todo cuando en todas las tierras se sabía que los desiertos estaban infestados de bandidos.
Siguió observándolos.
La mujer parecía estar fastidiada y articulaba palabras que posiblemente eran maldiciones mientras los soldados los inspeccionaban. Por otro lado, el hombre se notaba más fresco y habituado a la rutina del lugar.
Una vocecilla en su cabeza le decía que no apartara la vista de la pareja.
Ambos subieron nuevamente a sus corceles. La mujer tenía la cara tan roja que parecía a punto de estallar; algunos mechones de cabello se le habían pegado al rostro a causa del sudor. Los pantalones ajustados no parecían ayudar en nada a su comodidad, pues se los arreglaba constantemente y se removía en la montura como si algo le molestara en los glúteos.
Escudriñó al hombre detenidamente y se mordió el labio inferior al notar que su estatura parecía sobrepasar la descrita; su rostro era cuadrado, con una espesa barba negra, y sus cejas eran tan pobladas que no se veía ningún lunar rojo. Realmente no coincidía con las descripciones de Falkor, pero nuevamente la voz interna le decía que no desviara la mirada. Entonces posó su atención en el tahalí y una chispa reavivó su interior al darse cuenta de que el arma estaba ubicada en el costado derecho de su cadera; por lo tanto, debía usar la mano izquierda a la hora de desenvainar el sable.
Más entusiasmada, aguzó la vista para encontrar alguna imperfección en el rostro del hombre que le indicara el uso de algún tipo de maquillaje; sin embargo, el tono de piel parecía natural y eso la frustró momentáneamente.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un papel doblado. Al abrirlo, contempló la ilustración de Falkor: sin barba, quijada ovalada, nariz respingada y hombros estrechos. Sabía que tenía la piel blanca y el cabello rubio. Por el contrario, el hombre de la ruta era de piel morena, cabello negro azabache, barba muy espesa, nariz aguileña y hombros anchos. Frunció la boca al compararlos; no había similitud alguna. Sin embargo, su persistencia lo hizo retomar la inspección. Descubrió que usaba hombreras cuadradas bajo el saco rosado; con una buena postura, podría aparentar tener hombros anchos. El buen ánimo regresó ante el hallazgo, lo que lo llevó a examinar minuciosamente las botas: los tacones parecían más altos de lo normal. Si realmente era quien buscaba, su astucia lo había llevado a añadir centímetros a su estatura, aunque la forma del rostro no encajaba en absoluto.
Tamborileó con los dedos sobre las rocas de la colina, indecisa. Podía ser que la espesa barba le confiriera una forma distinta al rostro, pero si bajaba y no era él, se arriesgaba a que el verdadero enganchador se le escapara de las manos.
Cerró los ojos mientras tomaba una decisión y algo en sus pensamientos le ordenó: «Ve». Respiró hondo y, decidida abrió los ojos para dirigirse sigilosamente cuesta abajo.
Ya en la ruta transitada, caminó con discreción hacia el hombre y, al acercarse a una distancia prudente, prestó atención a la conversación de la pareja.
—Tanto calor hace en esta tierra —decía la mujer mientras se abanicaba—. ¿No era mejor comprar una carroza o un coche de vapor?
—Mi señora —respondió el hombre sin siquiera mirarla—, una carroza no es apropiada para estas tierras; con tanta arena, las ruedas se atascarían o se quebrarían. Además, un coche de vapor tiene un costo tan alto que mis bolsillos no pueden permitírselo.
—Entonces hubieses aceptado que mi padre pagara uno —se quejó—. Esto es un horno y me estoy asando.
Ante aquel comentario, el hombre sonrió sin apartar la vista del frente.
—¿Cómo puedo permitir que su padre pague un coche tan lujoso? —respondió como todo hombre de honor—. Es deber del novio consentir a su futura esposa, no del padre.
—¡Oh, Nassim! —se aferró a su brazo derecho sin importarle que la vieran tan loca por él—. Siempre tan caballeroso. Soy tan afortunada de tenerte.
Arjana esperó pacientemente.
—No, querida —sonrió con malicia—. Soy yo el afortunado de tenerte.
Concentrada en la conversación y en su escrutinio, no calculó la distancia con quienes iban a pie muy cerca de la pareja. Chocó con un hombre y derribó el costal donde este cargaba su indumentaria, lo que provocó que las miradas de los presentes se posaran sobre ellos. Arjana le ayudó de inmediato a recoger sus pertenencias, pero cuando retomó su misión, el jinete la observaba con una mezcla de sorpresa y horror.
Todo sucedió rápidamente.
El hombre del corcel se aferró a la cuerda del caballo y clavó fuertemente sus espuelas en el animal para que plantara carrera. La cazadora corrió tras él y la multitud se apartaba al paso del corcel desenfrenado. Correr tras él la pondría en desventaja, por eso siempre se adelantaba a los sucesos. Se desvió del camino para correr a toda prisa hasta topar con las paredes de las colinas. Cuando hubo llegado al punto de la ruta, donde tenía preparada una cuerda firmemente amarrada, Arjana cortó la soga y una red bajo las arenas apresó al criminal. La muchedumbre se detenía para ver lo que sucedía y otros se alejaban corriendo por temor. Se dirigió hacia el capturado mientras este vociferaba que lo soltara.
A lo lejos, la mujer se acercaba a todo galope al escuchar las quejas de su prometido. Para placer de la joven, de tanto ajetreo, la dichosa barba se le había desacomodado con un pedazo de piel falsa, confirmando completamente toda sospecha. Hizo un corte para liberarlo, y agradeció a Dios en voz baja por la revelación.
Cuando el enganchador cayó a las arenas, rápidamente se reacomodó la barba postiza.
La mujer extranjera llegó con un rostro enfurecido.
—¿Qué significa esto, sucio hombre? —cuestionó sin bajarse del caballo, sin percatarse de que la captora era una mujer, sobre todo porque era tan delgada que sus pechos se perdían con el peto de cuero ajustado—. ¿Con qué motivos atentas contra un noble?
La cazadora guardó silencio ante la acusación de la dama sin siquiera voltearla a ver.
—Falkor Salvat, enganchador de Venateci, este día quedas bajo arresto —dijo con su voz de mezzosoprano.
En cuanto escuchó su nombre, palideció, pues jamás imaginó ser descubierto.
Mientras tanto, su mujer rompía a carcajadas.
—Este hombre es el señor Nassim Saif, de Tierra Corona, nieto del rey Nur Saif… ¿Siquiera me estás escuchando? —se quejó mientras Arjana giraba al hombre para atarle las manos—. ¡Le ordeno que suelte ahora mismo al señor Nassim!
—Está cometiendo un grave error, señor —se defendió el otro tratando de sonar convincente—. ¿Sabe qué le harán en Brigantia cuando descubran lo que está haciendo en contra del nieto del rey? No tendrán compasión por usted, señor. Por lo tanto, le recomiendo detener esta confusión.
Pero Arjana prosiguió sin tener la intención de soltarlo, mientras que el apresado empujaba con todas sus fuerzas para intentar tumbarla. Le fue inútil, porque con un brusco movimiento, la cazadora lo tumbó a las arenas.
Un grito salió de la mujer al ver cómo su prometido era tratado con rudeza, por lo que desesperadamente instó a los soldados a que llegaran a socorrerles por tan tremenda y horrible humillación pública. Pero como los otros tardaron en acercarse, se tuvo que bajar del caballo lanzándose como fiera sobre la cazadora, jalando agresivamente su capucha y dejando al descubierto el largo cabello de Arjana.
—¡Eres mujer! —gritó asombrada, pues en sus tierras, aún era difícil ver a una en combate.
Falkor aprovechó ese momento para plantar carrera a como pudo. Y Arjana sacó otra cuerda con extremo metálico. La lanzó ágilmente en dirección al enganchador, logrando enrollarse justamente en la parte media del cuerpo. Y con vehemencia, tiró de la soga para hacerle caer nuevamente.
Cuatro soldados con armadura de cota de malla y turbantes negros llegaron sobre sus monturas a galope, encabezados por un hombre no tan mayor, pero de mirada perspicaz. El capitán se distinguía al llevar ocho placas doradas colocadas horizontalmente en su peto de cuero, cuatro arriba y cuatro abajo; todas llevaban grabadas el símbolo de estrellas, mientras que los soldados llevaban cuatro placas de oro con el emblema de los perros de rastro. Arjana pudo darse cuenta de que sus hombreras de cuero estaban contorneadas por una gruesa línea color oro. Aquello era un distintivo entre los militares, que solo portaban los de élite.
—¿Qué está sucediendo? —cuestionó autoritariamente el hombre.
El capitán Leotrim era un hombre de mediana edad. Aquel día había acudido a la frontera para cerciorarse de que el Alto Jefe cruzara a la tierra vecina sin emboscadas.
—¿Qué sucede, señorita? —le preguntó cortésmente.
—¡Eso! —señaló justo cuando Arjana jalaba con fuerza a Falkor, quien pataleaba para evitar ser capturado y pedía a gritos que lo ayudaran.
El capitán bajó de su montura para dirigirse a la cazadora. Aunque no era muy amigable y no simpatizaba del todo con los cazadores, conocía el tratado y debía respetarlo. Sin embargo, tras haber presenciado el desempeño de la joven, no pudo pasar por alto la gran fuerza que había mostrado ni su agilidad felina al moverse. Estaba seguro de haber visto algo similar en otro lado, y aquello comenzó a inquietarlo.
—Señorita —la llamó con cortesía, dejando a un lado sus recelos.
Ella se volvió para mirarlo y, sin mediar palabra, llevó la mano al bolsillo para sacar una moneda de bronce que tenía grabada la cabeza de un león en alto relieve y, en el reverso, el emblema de Venateci. Se la entregó y el hombre la inspeccionó.
Leotrim supo en ese momento de quién se trataba. Un conocido que pertenecía al mismo clan de Baba le había hablado sobre ella.
—Ya veo —dijo sin apartar la vista de la moneda—, cazadora de Baba.
La joven asintió y se agachó para levantar al hombre que había capturado.
—¿Quién es? —le preguntó.
—Soy Nassim…
—Le pregunté a ella, no a usted.
—Falkor.
El capitán se puso en cuclillas frente al que se hacía llamar Nassim. Con el pulgar, frotó con fuerza su ceja izquierda. Retiró una gran cantidad de maquillaje café, dejando expuesta la piel blanca y, sobre todo, el lunar rojo. También notó que las pobladas cejas negras se desprendían.
Sonrió con suficiencia y no se apartó del enganchador.
—Al fin te han encontrado. ¡Qué problemas nos diste! Pero me aseguraré de que tengas un trato especial en las mazmorras —le susurró para que solo Falkor lo escuchase. Se puso de pie sin dejar de mirarlo con desprecio—. Es prueba suficiente para mí. Puede llevárselo —autorizó a la cazadora.
—¿Qué? —replicó la mujer. No pudo ocultar su horror ante la orden del militar. Se acercó a Falkor para verle el rostro—. ¿Pero por qué se lo llevan? ¿Por usar maquillaje?
—No, señorita. Este hombre es el enganchador buscado por la justicia de Venateci…
—¿Enganchador? ¿Qué es eso? Este hombre es de Corona, no de Venateci; estamos de visita buscando un lugar para vivir después de casarnos. No pueden llevárselo así nada más —dijo con la voz quebrada y las lágrimas a punto de desbordarse.
—¿Y pretende un noble vivir en Venateci? —preguntó extrañado el capitán, tratando de sonar lo más amable posible, pues sabía que ningún adinerado sería capaz de establecerse en aquellas tierras y que, evidentemente, la mujer ignoraba algo tan importante.
Arjana, ya impaciente, se acercó a Falkor y le arrancó la barba postiza de un tirón, haciéndolo aullar de dolor.
La mujer casi se desmayó al descubrir que su prometido no era quien aparentaba ni quien decía ser. El capitán hizo una seña a uno de sus subordinados para que se llevara a la dama.
—Venga, la escoltaremos a la frontera para que sea trasladada a su hogar —dijo cortésmente mientras la sostenía.
Una vez que se la llevaron, el capitán se volvió hacia la joven cazadora.
—Debes de ser Arjana, ¿no es así?
Ella asintió en silencio.
El hombre no se ofendió ante su respuesta muda.
—He tenido el placer de cooperar con tu hermano mayor en muchas ocasiones y debo admitir que todo aprendiz de Baba tiene tanta habilidad como él. Es, para mí, todo un honor conocer a personas como ustedes. —Hizo una inclinación leve y educada, tratando de que su sonrisa no se viese forzada, y luego posó su mirada en el enganchador—. Deberían sentenciar a pena de muerte a ese animal.
Aquel comentario de tono despectivo le irritó; sin embargo, guardó silencio. No era de las que debatían temas; Arjana prefería no decir ni una palabra, a menos que fuese muy necesario.
Al terminar de amarrar la soga a la montura del dromedario, se despidió del capitán.
—Buen viaje —fue lo último que le dijo el hombre. Y los vio alejarse con recelo por la ruta



